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Lactancia |
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Hay gatos que por
alguna situación de su infancia les gusta chupar telas. Según lo que
pude averiguar de este tema parece ser que estos gatos fueron separados
de sus mamas gatas antes de tiempo. Hay personas que creen que un gatito
se lo puede destetar en cualquier momento para entregar las camadas a
sus próximos dueños.
Tanto en los bebes humanos como en todo animal mamífero la lactancia es
un comportamiento reconfortante hasta que el animalito alcanza su propia
independencia de la mama. Estos gatos que han tenido que interrumpir la
lactancia y la separación prematura de la mama tendrán a futuro ciertos
problemas de conducta.
Por eso es importante entregar los gatitos a los 3 meses cumplidos.
Norma |
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¿Tienen memoria los gatos? |
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Antiguamente se
creían que los gatos obraban solo por instinto, lógicamente todos
tenemos una limitación por nuestra herencia genética, los mininos no van
a aprender logaritmos, y yo apenas pude. Pero estas limitaciones
abstractas no significan que los gatos no tengan memoria. Uno de mis
tantos gatos debió mudarse de casa muchas veces, al cabo de 15 años
volvimos a la misma casa donde Giusseppe había pasado los dos primeros
años de su vida, recorrió todas las habitaciones y luego desapareció, lo
encontré mas tarde dentro de la cucha de su infancia que estaba guardada
en el placard. Los gatos son muy observadores, aprenden rápidamente las
rutinas y sobre todo la rutina de los humanos, cuando hay un cambio se
alteran pero a pesar de ello ,su memoria de los cambios, no se altera.
Giusseppe al vivir 20 años, nos enseño sobre la conducta felina, después
de conocernos tanto con Giusseppe comencé a leer sobre el comportamiento
felino y cada día mi admiración fue y es mayor.
Norma
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Mi Dulce Rocío |
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Me cuesta pensar que hayan pasado tan
rápido los años. En unos días, Rocío cumplirá trece años, ¡que barbaridad!
Mis recuerdos de Rocío siempre están ligados a los de otra gata, Jazmín;
una hermosa brown tabby europea, a la que salvé de morir en un camión de
residuos, ya que la habían colocado dentro de una bolsa de consorcio. Fue
en diciembre del ´93, y unos días después, una amiga me regalo a Rocío:
una siamesita pequeña, delgaducha y lloricona, que se pegoteó enseguida a
Jazmín, su hermanita mas fuerte.
Durante seis años fueron inseparables y cuando Jazmín partió, demasiado
pronto, a ese cielo que seguramente habrá para los gatos, Rocío se
convirtió en la mascota del criadero; rodeada de persas y quizás hasta
contagiada de la pachorra de sus compañeros.
Ahora, al cabo de los años, Rocío ha perdido su característica de “gata
voladora”, que seguramente asombraba a los persitas y a adquirido una
mirada mas calma, unos movimientos mas lentos, buscando aún en verano los
lugares mas calidos.
Duerme mucho y ronca. ¡Sí!, Rocío ronca, solo deja de hacerlo cuando la
acaricio y cambia de posición. Y su sueño es tranquilo, porque ni aun los
bebes persas se atreven a molestarla.
Quisiera Dios mi dulce Rocío, siga por muchos años deslizando sobre
nosotros su mirada sin sobresaltos, con esa paz y esa sabiduría que solo
dan los años... |
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Norma |
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Billy |
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Aquella tarde de otoño, salimos a
caminar con mi abuela Vita. Cuando ella venía a quedarse con nosotros, era
para mí la gloria; ya que terminaba convirtiéndose en mi compañera de
aventuras.
Esa tarde, mientras caminábamos, le comenté que era la primera vez que no
había un gato en la casa.
Fue como si lo hubiese llamado. Mientras Vita me escuchaba con atención,
un gatito que salía de una obra en construcción, se nos cruzó en el
camino.
Mi abuela, ni lerda ni perezosa, le preguntó al encargado de la obra si
nos lo podíamos llevar, y fue así que cargamos a Billy y emprendimos el
regreso.
Mientras volvíamos a casa con el gato en brazos, comencé a inquietarme
pensando en mi padre y su posible rechazo al gatito; pero mi abuela,
siempre sabia, me tranquilizó recordándome que antes de la opinión de mi
padre, estaba la de ella que era su mamá.
Y fue así que Billy se convirtió en un miembro más de la familia. |
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Norma
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Billy, los pigmeos y yo |
Puede decirse que mi etapa con Billy fue la entrada a la adolescencia.
Nos habíamos mudado hacía muy poco tiempo. La casa tenía un hermoso
jardín, que el sol inundaba de luz y de calor en invierno, y cuyos
frondosos árboles nos brindaban, en verano, una semipenumbra llena de
frescura. Estas características hacían del jardín el lugar donde Billy
y yo pasábamos largas horas: yo, leyendo, y Billy dormitando en su
cucha junto a mí; eso sí, siempre que lo permitían los inquietos
movimientos de dos pequeños revoltosos.
Sucede que me habían traído de regalo dos preciosos pollos pigmeos,
blancos y con la cresta roja, que intentaban permanentemente meterse
en la cucha con Billy; mucho más en invierno, ya que seguramente
habían descubierto lo tibio que podía ser su cercanía.
Yo vivía leyendo, sin dejar por ello de prestar atención a las eternas
disputas para defender su trono, mientras el pobre gato apartaba a los
gallitos de un manotazo.
Había días en los que Billy se hartaba y los corría por toda la casa,
sin respetar dormitorios, baños ó lo que fuera, para terminar a veces
en la vereda.
Debía ser un espectáculo divertido ver correr a los pollos con Billy
pisándoles los talones y detrás a mí, que en vez de poner paz, los
alteraba con mis gritos.
Estas corridas eran una escena cotidiana, pero sucedió que un día,
todo se convirtió en un paso de comedia.
Como tantas otras veces llegamos a la vereda pero esta vez, Billy
trepó de un salto al árbol que estaba frente a la casa, y no contento
con ello, siguió subiendo (ante mi desesperación), hasta las ramas mas
altas.
Mientras tanto, los pícaros gallitos que se habían bajado a la calzada
picoteando aquí y allá, se transformaban en la pesadilla de los
automovilistas que trataban de esquivarlos.
En tanto que Billy lloraba en las alturas y los gallos se escapaban
cada vez que quería agarrarlos, los vecinos empezaron a salir de sus
casas y todo se convirtió en un show.
Por suerte, como en las mejores películas, llegó mi padre que sin
perder un segundo, llamo a los bomberos.
La llegada de éstos, proporcionó al “público” más diversión. Ya que
mientras unos se dedicaban al salvataje de Billy, otros corrían
tratando de atrapar a los pollitos que parecían jugar a las
escondidas.
Esa fue la ultima aventura peligrosa, ya que a los pocos días mi madre
hizo enrejar el lugar para evitar mas momentos de zozobra.
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Norma |
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...................... por
siempre cazadores |
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Anoche recordaba
los primeros años de mi añorada infancia. La casa grande, el parque al
frente con dos enormes palmeras, un álamo y un magnifico pino azul; la
escalinata blanca, salpicada siempre por la Santa Rita, y atrás mi
mundo... el gran patio, cubierto en su totalidad por parrales, testigo
mudo de mis juegos infantiles. Después seguía un largo camino, y a ambos
lados árboles frutales, rematando al fondo con dos gigantescas higueras.
Era la casa de mi bisabuela, construida hacia finales del siglo XIX, en
neto estilo neoclásico.
Pero ese, mi mundo mágico; no estaba deshabitado. Como resultado de los
amoríos de la gata de la casa, habían quedado cinco gatos negros, todos
machos, con unos inquietantes ojos verdes. Pese a tener el mismo colorido,
los cinco eran bien distintos en personalidad, eso sí, mimosos y
complacientes al máximo. Los cinco acompañaban mis juegos, con un ronroneo
a coro.
Una tarde ocurrió un hecho que quebró la paz del patio: la aparición de
una laucha provocó una verdadera conmoción.
Los cinco gatos arquearon sus lomos erizados y miraron a la laucha con
desacostumbrada ferocidad.
Dos se agazaparon, los otros tres gruñeron. Yo contemplaba todo azorada;
no podía creer que mis amados gatos tuvieran ese comportamiento tan
agresivo.
A mis gritos, vino mi padre; intentó calmarme, explicándome que los gatos
son felinos, y su instinto cazador no lo pierden aún castrados y mansos.
Pero yo solo prestaba atención a lo que veía.
El gato que salió al ruedo, revoleaba a la laucha por el aire, jugando con
frenesí, la pateaba una y otra vez. Fueron quince minutos de espanto para
mí.
Ya muerta, la tomó prolijamente entre sus dientes y la depositó a los pies
de mi padre, como trofeo. Luego volvió a su lugar, se echó, y se quedó
pacíficamente dormido; los otros cuatro, después de mirar con atención lo
sucedido, hicieron lo mismo.
Todo volvió a la calma habitual.
Mas tarde, cuando me tranquilicé, mi padre me explicó que los antiguos
egipcios amaban a los gatos, y los tenían en los graneros para espantar a
las alimañas.
Hoy mismo, en los poblados europeos, es costumbre tener gatos domésticos
en los graneros.
A partir de aquel momento comencé a observarlos en sus hábitos; a amarlos,
pero con respeto y a aceptarlos con su eterna independencia.
Hay un misterio en sus miradas que me fascina.
Son gatos domésticos .................. a medias.
Norma |
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El show de la ducha:
Secando a Sophie |
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Mansedumbre |
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Ese día Maximilian
cumplía un año y jugaba sentadito en la alfombra, mientras esperábamos a
los invitados.
Mi padre intentaba poner en marcha la filmadora, mientras yo preparaba
café y el gato dormía plácidamente en lo alto de la biblioteca.
Todo era silencio; cada uno en lo suyo, hasta que de pronto, Virgilio bajó
de un salto de la biblioteca y se fue acercando lentamente, mientras
emitía un suave maullido. A medida que desplazaba sinuosamente, un fuerte
ronroneo hacía vibrar el cuerpo de este soberbio ejemplar de Persa negro,
de los antiguos, cuya cola flameaba como una bandera.
Maxi estaba pendiente del movimiento de la cola; de pronto se paró, y
tocando la cola, comenzó a dar sus primeros pasos.
Mi padre filmaba la escena, mudo de asombro, mientras Maximilian, que
había logrado apoyarse en el lomo de Virgilio, llegó a caminar unos tres
metros de esa manera..
Fue en ese momento que el gato saltó a la silla y Maximilian cayó sentado.
En los días siguientes, Maxi solo se sentía seguro caminando con el gato;
unas veces apoyado en él, otras sujetándose a su cola.
Virgilio, con su mansedumbre, le brindó a Maxi el apoyo y la seguridad que
necesitaba en su primer tentativa de independencia. |
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Norma |
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¡Giusseppe! |
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¡Giusseppe!,
Nuestro dulce Giusseppe! ¡Nuestro amado Giusseppe!
Corría el año 1972, era el mes de noviembre.
Mi esposo y yo pensábamos que era conveniente que nuestro pequeño hijo
tuviera un perrito y charlábamos mucho sobre el tema. Estábamos de acuerdo
en que no podía ser un perro muy grande, ya que vivíamos en un
departamento, y con el fin de encontrar la mascota perfecta, empezamos a
recorrer criaderos.
Ya se había hecho costumbre salir los domingos a ver cachorros para
Maximiliano pero... ninguno le gustaba. En uno de esos recorridos,
llegamos a un establecimiento que criaba varias razas; entramos muy
contentos porque pensamos que de ahí, seguramente, saldríamos con el tan
ansiado perrito.
Comenzamos a recorrer los caniles y al cabo de un rato, ya un tanto
mareados de ver tantos perros y todos distintos, advertimos la ausencia de
Maxi.
Comencé a llamarlo a los gritos, mientras el dueño del criadero declaraba
un tanto extrañado, que ni siquiera lo había visto entrar.
Empecé a exasperarme. "¡Cómo no lo va a ver!", casi grité", ¡Si es un nene
de cuatro años con un casco blanco de motociclista"! El hombre sugirió que
lo buscáramos en las habitaciones y ya nos dirigíamos hacia ese sector,
cuando lo vimos aparecer: traía su casco en el brazo y acariciaba algo que
tenía adentro, loco de contento.
"¡Mami, papi, aquí lo tengo!; ¡éste es el que me gusta!"
Con sorpresa vimos que dentro del casco había un gatito.
El comentario burlón de mi padre al volver a casa, lo resumía todo: "Yo
pensé que estaban buscando un perrito".
En lo que todos estuvimos de acuerdo, fue en llamarlo Giusseppe.
Vivió vente años. Nos regaló veinte años de mimos, ronroneos y amor
incondicional.
Fue una época de muchas mudanzas, pero nada parecía molestar a Giusseppe,
ni restarle su alegría. Era parte de todo, desde los paseos en coche hasta
los veraneos; todo lo entendía y a todo se adaptaba con total naturalidad,
compartiendo mis ratos de lectura o las horas de estudio de Maximilian.
Incluso ya mayor, cuando Maxi volvía de madrugada, el lo esperaba pegado a
la puerta.
Han pasado los años; toda mi vida he tenido gatos y de tanto en tanto
algún perro; pero ningún animalito ha logrado nunca hacerme olvidar ni por
un instante a mi tierno e incondicional Giusseppe.
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Norma
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Su paz |
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Hace un tiempo,
debí realizarme una tomografía computada. No me sentía nada cómoda. En
realidad, además de mi preocupación por el resultado, me disgustaba la
introducción en ese tubo cerrado.
Mientras me acomodaban divisé, sentado cómodamente en una silla, a un gato
gris, gordito y cabezón. Me miraba dulcemente, con sus ojitos
entrecerrados que semejaban dos rayitas.
Súbitamente, pegó un salto al tomógrafo y comenzó a frotarse contra mi
cuerpo, ronroneando. El médico lo bajó, sin prestar mucha atención y
continuó con lo suyo.
Pero ese simple hecho, no sólo me conmovió sino también me tranquilizó.
Ese gordito cabezón, había logrado lo que no consiguieron mil palabras del
médico o de mi familia... Me había transmitido su paz. |
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Norma |
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Susto y Limpieza |
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Era una noche lluviosa, con esa
humedad insoportable de los inviernos cálidos de Buenos Aires.
"No la veo", dijo mi madre. Yo en medio de la humadera de un churrasco, no
la oí. Ya cerca mío, volvió a repetir: "no la veo... Rocío sí esta, pero
Jazmín, no".
Apagué el fuego y empecé a buscarla. Abrí cajones, placares, cajas, pero
inútil... no estaba.
Salí al palier, bajé las escaleras, llegué a la entrada y nada.
Comencé a subir nuevamente hasta que al llegar al 6º piso, vi un
departamento con la puerta entreabierta, y en la puerta, el dueño; un
contador alto y fornido, traspirando a causa del clima inusual.
Con mi mejor sonrisa le pregunté si había visto una gatita blanca y gris y
él, con gesto malhumorado, me contestó: "Sí, la ví; la alcé; bajé en el
ascensor, abrí la puerta de calle, y la tiré.
Al principio no le creí; cuando me di cuenta de que era verdad, la cólera
me cortó la respiración. Al reaccionar le grité, lo insulté, lo pateé. Fue
en ese momento que me cerró la puerta en la cara; estuve diez minutos
pateándola.
Mientras esto ocurría, mi hijo y un amigo entraban al edificio, y al
escuchar mis gritos que llegaban hasta la planta baja, se subieron al
ascensor y fueron parando en cada piso hasta encontrarme y luego, entre
los dos, meterme por la fuerza en él.
Estaba realmente furiosa, mis ultimas palabras fueron: "¡lo denunciaré a
la Policía y a la Protectora de animales; esto no queda así, contador de
pacotilla!
En ese estado, bajé con mi hijo y su amigo, y ya en la calle, buscamos a
Jazmín en esa manzana y la cercanas.
La búsqueda se extendió desde las diez de la noche hasta las cinco de la
mañana, y poco a poco se fueron sumando los vecinos, el agente de policía,
la florista y el diarero, con linternas de largo alcance, pero nada...
Ya amanecía y desolados, la dimos por perdida. Volví al departamento y me
recosté vestida; no podía dormir, no entendía la actitud nefasta de mi
vecino que ni siquiera se molestó en preguntar de quien era esa bebé
indefensa.
Serian las siete de la mañana, cuando me tocaron el timbre del portero
eléctrico; era el policía, quien había oído un maullido que parecía salir
de abajo de un automóvil.
Bajé volando y allí estaba: asustada, todo mojada y negra de grasa de
auto. Alguien me prestó una toalla, la envolví y subí al departamento;
enseguida llamé al veterinario para preguntarle qué podía hacer. "Nada, me
contestó; todo lo que hagas la puede asustar más. Hablale y acariciala
solamente".
Así lo hice, a las horas desperté sobresaltada para ver, sentadita en
medio del living a Jazmín, totalmente limpia; y a su lado a mi otra gata,
Rocío. Entre las dos y a lamidos habían solucionado el problema de la
limpieza.
En cuanto al ogro del 6º piso, no hubo vecino que no le reprochara su
actitud, incluida la administración. El hecho es que al cabo de unos
meses, el contador vendió el departamento y se fue.
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Norma 
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Comportamiento misterioso |
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Ayer, al ir a tomar
el bus, me sorprendió la presencia en el jardín, de un desconocido y gran
gato negro. Me miró con total indiferencia, como si fuera el dueño del
jardín, bajó la cabeza y siguió dormitando. Me quedé unos minutos
intentando que se marchara, pero ante lo inútil de mi esfuerzo, me fui.
Había caminado unos metros, cuando sentí la presencia del gato. Caminé más
rápido, y él hizo lo mismo; al llegar a la esquina vi venir el bus,
subí... y el gato también.
Una voz sonora y seca dijo: "No se permiten animales! Era el chofer; sus
ojos echaban chispas, el pobre hombre no podía creer que un gato negro
hubiera subido a su bus. Intenté explicar que el gato no era mío, pero fue
inútil... Terminamos los dos en la calle, el gato y yo.
Volví a mi casa, lo mismo hizo él; cruzándose a cada paso, todo meloso y
ronroneante.
Hoy, mejor dicho ahora, miro por la ventana y ahí está, sentadito frente a
mi puerta, esperando mi salida.
¿Qué misterio se oculta en este comportamiento? |
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Norma |
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